Desolada

Él rió fluye sin cesar,

nubes grises

acompañan mi paseo,

sobre la espesa y sucia superficie

desplaza una extraña forma

que sorprende quizás por carecer de ella,

lenta y tenazmente la extraña forma, sin forma,

va dejando atrás todos los obstáculos que encuentra en su camino,

con continuos cambios de trayectoria, complicados caracoleos,

o inmersiones inesperadas.

Ignoro porque fijo la mirada en el discurrir de las aguas

y en el deambular de la forma,

me siento transportada al interior de mí misma,

la vida, mi vida pasada y presente,

se abre paso en el doloroso fluir del pensamiento,

haciéndose dueña de él.

El río pronuncia mi nombre,

me llama,

me incita a abandonarme en sus frías aguas,

tentada estoy de arrojarme en sus brazos en busca de consuelo,

en la oscuridad profunda carente de luz,

luz terrible vengadora,

luz que sin piedad alguna,

perfora,

taladra,

orada con sus múltiples haces,

la obscura pena,

de no ser capaz de verla.

Por favor luz no sigas,

mira mi piel,

siente mi piel,

escucha mi piel,

ya no resiste más,

se ha ido quedando a jirones,

en tan generoso ocaso.

Nubes grises, sobre la superficie, una forma con forma se desplaza,

las frías aguas a modo de fuertes brazos

cubren de sombras la fulgurante luz que a nadie alumbra.

Que paz infinita,

cesaron los gritos,

las llamadas,

cesaron los ruegos.

Él rió fluye y fluye,

constante,

espeso,

sucio,

eterno.

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