A Cristo Redentor

 

 

Eres tu,

Cristo hermano,

Cristo amigo,

aquel que díó su vida por nosotros,

y que ahora está abandonado, traicionado

¡ay!, estás en  el Gólgota,

y al Cielo alzas gimiendo tu cara lastimado;

cubren tus  ojos un mortal velo,

y  con su luz extinguida,

en amargo suspiro das la vida.

Y muriste en los brazos del Eterno.

¡Ay, quién podrá mirarte,

Oh paz, oh gloria del culpable mundo!

¿Qué pecho  no se parte

al golpe  del dolor profundo?

¿Quién abrió los raudales

de esas sangrientas llagas?

¿Quién cubrió tus mejillas celestiales

De horror y palidez?

¿que brazo culpable ciñó

a tu frente divina

esa corona de  espina?

Parar, parar, hombres malos;

Al santo perdonar, muera el malvado:

Si sois, de un justo Dios, ministros fieles,

Caiga la dura pena en el culpado:

Si la impiedad os guía

Y en la sangre os cebáis, verted la mía.

Pero, ¡ay!, que eres Tú sólo

La víctima de paz.

 

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